Lo que queremos

Sr. Vargas Llosa:

Como mujeres del libro que somos, nos sentimos directamente interpeladas por su columna titulada Nuevas inquisiciones. No porque esperemos respuesta, ni tan solo porque la queramos, sino porque habla usted de libros, cuyas editoras, correctoras, traductoras, administrativas, comerciales y libreras han participado en el proceso que lleva los suyos a manos de lectoras y lectores.
Tenemos muchas batallas reales que pelear, batallas en las que les va la vida, el sueldo y la dignidad a muchas mujeres, así que nos sigue sorprendiendo cuando se insiste en crear nuevos enfrentamientos bajo falsas premisas; no conducen a nada, no son ciertas y nos quitan tiempo a todas para hablar de realidades mucho más graves. Sin embargo, le contestamos, porque como escribió Adrienne Rich «Una paciencia salvaje me ha traído hasta aquí».

Vamos, desgraciadamente, a repetirnos nosotras también, con el afán de conseguir que el concepto quede claro. Las y los feministas no deseamos que se deje de leer a los grandes clásicos de la literatura. No queremos quemar ningún libro à la Fahrenheit 451. No pretendemos restar el valor artístico y literario a los libros que hemos leído, amado y que forman parte de nuestra educación sentimental y nuestras vidas. Lo que queremos es que se analicen desde un punto de vista que permita el debate y la discusión sobre las posturas claramente misóginas de la inmensa mayoría de ellos, porque la historia de la literatura es la historia de la humanidad, y es indiscutible que la misoginia ha estado muy presente. Y sí, sí y mil veces sí: lo entendemos, los clásicos son producto de su época y de la estructura social y moral en la que se concibieron, pero no vamos a dejar de señalar aquello que nos sirva para poder contemplar la realidad contemporánea con una mirada diferente. En las universidades de todo el mundo se enseña teoría literaria, que deconstruye grandes obras desde el marxismo, el psicoanálisis, el neoliberalismo… cuando en la época en que se escribieron estas obras, ni siquiera existían tales corrientes de pensamiento. Millones de judíos habrán leído El mercader de Venecia de William Shakespeare y algunos hasta se habrán sentido ofendidos por lo obviamente antisemítico del texto. Ahí sigue. El discurso de Shylock ante el jurado continúa conmoviendo a generaciones de lectores que saben comprender y discernir entre un personaje estereotipado y la humanidad que reside en él. El Estado de Israel no ha prohibido su representación. Todo el mundo entiende el contexto, pero sus lecturas críticas y su innegable antisemitismo —sucede lo mismo con el racismo que destila Otelo—, dan, cuando menos, para un debate, un análisis crítico y una exposición de su reprobable pensamiento subyacente. Después, la relación del lector o lectora con el texto no deja de ser única e intransferible y cada uno puede extraer sus propias conclusiones. ¿Por qué esa ofuscación en pensar que el feminismo quiere acabar con ese debate, y prohibir, cuando lo que hacemos es promoverlo desde todas las plataformas en las que se nos permite?

Llegamos a la comparación del feminismo —un pensamiento que promueve y predica la igualdad política económica y social entre hombres y mujeres—, con la Inquisición, los totalitarismos de diversa índole y las democracias dudosas, una falacia demagógica completamente inaceptable. Las únicas detenidas, torturadas y acalladas en la lucha feminista han sido las mujeres que han peleado por tener los mismos derechos que los hombres durante siglos. Cuando el feminismo haya asesinado, encarcelado, juzgado sin garantías, quemado en la hoguera o, simplemente, hecho callar a aquellos que no opinan como nosotras (ninguna respuesta negativa por vehemente e indignada que fuera por parte de colectivos feministas ha conseguido silenciar a aquellos que no piensan como nosotras y, tampoco, bajo ningún concepto, deseamos que así sea), hablamos. Resulta pueril, alarmista y ridícula esa obsesión por emparejar a un movimiento reivindicativo que reclama los mismos derechos para la mitad desfavorecida de la sociedad con los grandes males de la humanidad. ¿Qué será lo siguiente que provocaremos? ¿Una guerra bacteriológica? La triste realidad es que todavía no existen, en este país, grupos de presión lo suficientemente poderosos en el movimiento feminista ni un partido que pueda presumir de serlo. Ni siquiera los dos sindicatos mayoritarios tuvieron la decencia de apoyar la huelga feminista de 24 horas. No estén tan asustados, que no es para tanto. Queremos hablar, poder decir lo que pensamos sin cortapisas y avanzar hacia una sociedad que va a ser mejor, más igualitaria y más justa.
Nos tomamos la libertad de recoger su hermosa cita de Bataille sobre la literatura y darle nuestra propia interpretación. La literatura es, en efecto, la manera de comprender y sublimar el mal, de hacer que vuelva a la superficie para entenderlo y controlarlo, pero para que de ninguna manera vuelva a reinar. Lo escrito, escrito está, pero vamos a seguir releyendo y criticando y analizando y discutiendo y disfrutando lo que nos dé la gana. No apoyamos la censura; sí la revisión y el análisis crítico.

A este efecto, le dejamos con una cita de Elena Ferrante, en la columna que salió el mismo día que la suya, bálsamo para los ojos que buscan buenas lecturas de domingo, en The Guardian: «The «too» of a woman produces violent male reactions and, in addition, the enmity of other women, who every day are obliged to fight amongst themselves for the crumbs left by men. The «too» of men produces general admiration and positions of power». Estamos luchando porque esto cambie, pese a que usted le moleste.

Eso es lo que queremos.

Mujeres del libro

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